La Superioridad del Espíritu
Poesía del movimiento
El Sol desvela el espectáculo luminoso de la tarde, por los pasillos los alumnos
se apresuran a la cita con sus límites físicos y mentales; el reto está ahí. Pasan
por la ancha puerta que conduce al Dojo, la puerta que lleva a la superación.
Sudor, exhalación, ámbito de mística marcial. Gritos que preludian la excitación
del logro, del combate a la debilidad, a la flaqueza.
Los karateguis relucen, lejos de ser trajes deportivos, son vestimentas rituales
que se portan con honor y aristocracia, algunos se combinan con el colorido de
las cintas amarradas en la cintura; blancas, amarillas, naranjas, verdes, azules,
moradas, marrones y negras. Símbolos, colores y signos, jerarquías que
transfiguran la cotidianeidad en una aventura. Los practicantes saludan
solemnemente, inclinando suavemente su cuerpo hacia delante, antes de
traspasar la barrera entre el misterio y realidad, frontera que divide lo que son y
de lo que pueden llegar a ser.
El tatami, tierra de nadie y de todos, lugar sagrado donde encontrarse consigo
mismos, transporta al practicante de Karate Do a la dimensión del movimiento.
Las fuerzas oponentes: la dificultad, el jadeo, el desanimo; están ahí, pero
yacen para ser superadas; Sensei las hará desaparecer con el movimiento
preciso. El Sensei mira, medita, registra el aire, contrasta la sabiduría; guía de
la aventura, maestro de arte Marcial, es el barquero que timonea en el océano
del control del cuerpo.
Sabedor de la kinesis, templador de guerreros, con modo amable pero enérgico
analiza al discípulo y lo prepara para recibir el linaje; la Poesía del Karate Do, el
Arte del poeta-guerrero que traspasa universos y que se revela momento a
momento.
Paso a paso, el Karate no está, sino que és. Se hace, aparece, se forma, vive a
través de cada karateka que entrega su vitalidad como una ofrenda a la
incursión humana hacia el infinito.
Calentamiento, estiramiento, patadas, ataques y defensas, escriben signos en
el aire que representan el combate con nuestras partes oscuras, regiones
desconocidas que sin armonía aparente, hacen presa de nosotros.
La disciplina marcial es curativa, fortalece y apuntala, por eso, al término de la
clase, todos los alumnos forman línea y presentando su respeto se postran
ante si y sus maestros. Juntos reconocen el triunfo del hacer humano frente a
sus limitaciones.
Todos saludan, sudorosos y satisfechos, aplauden y ríen, celebrando un día
mas en el que el Karate Do se manifestó como una expresión de la
Superioridad del Espíritu.
Pedro Álvarez

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